viernes, 25 de noviembre de 2016

Tiempo de Navidad




Un niño se sienta, coge un papel y escribe su carta a los Reyes Magos. Anota uno tras otro los juguetes que anhela, da sus razones para considerar prioritarios a algunos y suplica, por favor, a Sus Majestades que no tengan en cuenta su mal humor y las barbaridades que ha cometido a lo largo del año. Nos enternece observar con qué dedicación escribe cada palabra, cómo dibuja los regalos deseados y la inocencia con la que cree que esa carta llegará a sus regios destinatarios. Más tarde, acompañado por sus padres, lleva la carta al mensajero real. La inocencia encerrada en ese sobre, la ingenuidad del gesto, nos enternece.

Llega finalmente la mágica noche de Reyes y se repiten rutinariamente los preparativos de cada año. Los turrones para sus majestades, la ventana entreabierta para que puedan entrar y el cubo con agua para calmar la sed de los camellos. Una liturgia que se repite año tras año para que los pequeños vivan la noche más maravillosa que hay.

La ternura evoca, un tipo de vínculo, una forma de lazo que nos une a los demás. El padre mira a su hijo la noche de Reyes y también experimenta ternura. Es un vínculo, pero también es un pellizco en el corazón.

En las relaciones humanas es algo fundamental, pero únicamente nos damos cuenta de ello cuando falta. Lo mismo ocurre con otros dones de la vida humana, como la amistad o la salud. Tomamos realmente conciencia de su valor cuando experimentamos su ausencia o bien su vulnerabilidad. La ternura, como la salud corporal, es frágil, pero es una experiencia que nos ennoblece y nos vuelve más humanos.

Resulta difícil imaginar un mundo sin ternura, un universo donde la palabra ternura estuviese definitivamente proscrita. A menudo nos obstinamos con expulsarla del mundo, en hacer caso omiso de su presencia, en excluirla. La inocencia despierta la ternura, y la ternura nos hace confiar en el mundo y en los seres humanos que en él moran.

Lo único que salva a los vínculos humanos de la lógica del interés es la chispa de ternura que somos capaces de experimentar a través de  ellos.

 Si el motivo que nos une al otro es el mero utilitarismo o el simple placer, si lo que nos acerca a los demás es solamente la búsqueda de un beneficio personal, el vínculo desconoce la inocencia, la transparencia y la generosidad. En términos humanos, lo que convierte en valioso a un vínculo es precisamente el acto de entregarse al otro, de librarse a él sin esperar nada a cambio. Cuando dos personas se hacen donación mutua de sí mismas, sin trampas, cartas en la manga y subterfugios, la ternura se encarna en el mundo.

Al experimentar un lazo de esta naturaleza,
la ternura en él nos empuja a seguir viviendo.

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